La segunda estrella llegó porqué ganó ‘el proceso’

by Iñaki Urdangarin

Hace unos días escuché a Luis Enrique reflexionar sobre el éxito de la selección española después de conquistar su segundo Mundial. Me gusta escuchar a Luis Enrique. Es osado, claro y visionario.

Más allá de la alegría por la victoria, hubo algo en sus palabras que me pareció especialmente relevante. No hablaba únicamente de los jugadores que habían ganado el campeonato. Hablaba de Luis Aragonés, de Pep Guardiola, de una manera de entender el fútbol y de un camino iniciado muchos años atrás.

Y eso me hizo pensar que quizá estemos mirando el éxito desde un único punto de vista. Tendemos a celebrar las victorias cuando llegan: la fotografía del campeón, la copa, los jugadores, el entrenador, el resultado.

Pero pocas veces nos preguntamos cuánto tiempo lleva ganándose una victoria antes de que aparezca en el marcador.

El éxito empezó mucho antes

Probablemente uno de los grandes puntos de inflexión del fútbol español llegó con Luis Aragonés.

Luis tuvo la valentía de tomar decisiones difíciles y, sobre todo, de apostar por una determinada manera de jugar. España empezó a confiar definitivamente en sus características, en el talento de sus futbolistas y en un juego asociativo que acabaría formando parte de su identidad. Empezó a construirse una cultura.

Llegó la Eurocopa de 2008. El Barcelona de Pep Guardiola llevó algunos de aquellos principios a una dimensión extraordinaria. Después llegaron el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012.

Pero también llegaron años sin ganar. Y quizá ahí empezó la parte más interesante de esta historia.

 

Una cultura demuestra su fortaleza cuando deja de ganar

Es relativamente fácil creer en una idea cuando llegan los resultados. Lo difícil es seguir creyendo cuando desaparecen. España pasó años sin levantar un gran título.

  • Cambiaron los seleccionadores.
  • Cambiaron los jugadores.
  • Desapareció prácticamente toda la generación que había ganado entre 2008 y 2012.
  • La propia Federación atravesó momentos institucionales muy complejos.

Y, sin embargo, el proyecto resistió.

Para mí, ahí aparece una de las grandes fortalezas de este equipo: la capacidad de sostener convicciones en la incertidumbre. Siguieron presentes la voluntad de ser protagonistas, la confianza en el talento, la comprensión colectiva del juego, la apuesta por los jóvenes y una determinada manera de competir.

Naturalmente, el fútbol evolucionó y España también tuvo que hacerlo. Porque una cultura fuerte no consiste en repetir siempre lo mismo. Consiste en saber qué debe permanecer y qué debe evolucionar.

Eso exige algo más que talento. Exige paciencia, confianza, humildad, capacidad de adaptación y una enorme fortaleza mental.

 

La fortaleza también se entrena

Como coach, hay algo que me interesa especialmente de esta generación.

España llegó a este Mundial sin ser la gran favorita. Y competir desde ahí también requiere fortaleza: confiar sin necesidad de sentirse superior, asumir responsabilidades siendo muy joven, convivir con la presión, reaccionar ante el error y seguir jugando cuando el partido se complica.

El talento te permite competir. La fortaleza mental te permite sostenerte cuando competir se vuelve difícil.

Y este equipo se ha sostenido.

Lo ha hecho desde el juego, pero también desde determinados valores: confianza, compromiso, generosidad, resiliencia, humildad, compañerismo y respeto.

Porque el deporte también se explica por cómo ganamos y por cómo perdemos.

Una de las imágenes de este Mundial nos recordó precisamente eso. Mientras unos celebraban, otros eligieron dar la espalda. Literalmente.

No me interesa juzgar un gesto concreto, pero sí lo que nos permite preguntarnos: ¿qué deportista queremos ser cuando ganamos? ¿Y quién somos cuando perdemos?

Porque el respeto al rival, la capacidad de reconocer su victoria y la dignidad en la derrota también forman parte de competir.

A veces, incluso dicen más de nosotros que una medalla.

 

De Luis Aragonés a la generación actual

Los jugadores que hoy ganan no son los que empezaron aquel camino. Los entrenadores tampoco.

Y, sin embargo, existe un hilo que conecta unas generaciones con otras.

Eso es cultura.

Una cultura existe cuando una determinada manera de entender las cosas deja de pertenecer a las personas que la iniciaron y pasa a formar parte de quienes llegan después.

Luis Aragonés dejó algo. Pep Guardiola y aquella extraordinaria generación del Barcelona contribuyeron a desarrollarlo. Vicente del Bosque supo darle continuidad. Luis Enrique incorporó nuevos jugadores y nuevas variantes. Y Luis de la Fuente ha sabido interpretar ese legado, hacerlo evolucionar y trasladarlo a una nueva generación.

Distintos entrenadores. Distintos jugadores. Distintos momentos.

Una misma cultura capaz de evolucionar.

 

Ganó un proceso

En el deporte —como en las empresas— tenemos una enorme tendencia a sobrevalorar el resultado inmediato.

  • Ganamos: funciona.
  • Perdemos: hay que cambiarlo todo.

Pero los proyectos sólidos necesitan tiempo. Necesitan coherencia. Necesitan personas diferentes capaces de interpretar una misma cultura. Necesitan evolucionar sin perder su esencia.

Y, sobre todo, necesitan saber resistir cuando el resultado todavía no acompaña.

Por eso esta segunda estrella pertenece a los jugadores que la han ganado, pero también a muchos otros: seleccionadores, cuerpos técnicos, clubes, entrenadores, formadores y profesionales que durante casi veinte años han contribuido a sostener una determinada manera de entender el fútbol.

Los grandes procesos nunca pertenecen a una sola persona.

Son la suma de muchas decisiones, muchas convicciones y muchas personas que, en momentos diferentes, deciden empujar en una misma dirección.

Quizá esa sea la gran victoria del fútbol español.

Que casi dos décadas después, unos jugadores que eran niños cuando empezó aquella transformación sigan reconociendo como propia una determinada manera de jugar, de competir y de entender el equipo.

 

Los títulos pertenecen a una generación.
La cultura pertenece a todas las que vienen después.

Y cuando una organización consigue eso, deja de depender exclusivamente del talento de quienes están hoy. Ha construido algo mucho más poderoso: un proceso capaz de seguir ganando mañana.

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